El periodista Pepe Eliaschev escribió para Perfil una columna imperdible, Pasión por el periodismo.
Pese a ser un oficio ahora fuertemente vituperado, muchos más de los que uno se imagina quieren ser periodistas, sobre todo y más que nada. Una pasión por relatar, comentar e interpretar ha ganado el corazón de los argentinos.
País en el que, afortunadamente, nunca prendió la peste de la “colegiación” existente en otras tierras que determina que sólo puedan ejercer el oficio los graduados de las escuelas de comunicación, la Argentina es tierra promisoria para actores, encuestadores, abogados, directores técnicos y, sobre todo, políticos que miran con cariño al micrófono.
Al elegir formatos gana, por goleada, la compulsión de emitir sonidos por radio y TV, tareas que los libra, creen, de tener que hilvanar palabras en una pantalla de computadora. Pero, sea cual fuese el soporte, se advierte por estas tierras una manía obsesiva compulsiva por comentar todo, de todo y en cualquier ocasión.
En la patria del “yo-creo-de-que”, a nadie le disgusta ponerla. Se ama colocar la propia versión editorial de los hechos, mientras simultáneamente se aborrece de los periodistas, a quienes, y a menudo no sin justa razón, se nos acusa de ignorantes, improvisados, superficiales e irresponsables. El oficio ha hecho mucho por ganarse este duro juicio en este país, sin duda, pero una gran mayoría de los denostadores más virulentos del periodismo codea a los costados para agarrar ellos el micrófono y desembarcar con su propio programa de cable o su doméstica columna de radio. Un poco de aire no se le niega a nadie, pero lo usan para impulsar negocios, hiperventilar fobias, tomarse la revancha o, simplemente, desplegar manías.
No hay nada qué hacerle, nos critican todo el tiempo, pero en el fondo todos, hasta la Presidenta, se mueren por ejercer el periodismo en la Argentina. Si supieran la miseria que se gana.





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